AFECTADAS POR LA ARAÑA VIOLINISTA EN MÁLAGA "ME HIZO UN AGUJERO QUE PARECIA QUE HABIA RECIBIDO UN TIRO" LA VERDAD
«Se me hizo un agujero de casi cinco centímetros de profundidad en la pierna», recuerda Carmen, vecina de Málaga capital de 27 años. Una crudeza que suscribe Patricia, de Estepona, al describir su propia lesión: «Parecía que había recibido un tiro».
Sus historias, separadas por apenas unos kilómetros dentro de la provincia, repiten el mismo patrón: dolor extremo, diagnósticos médicos erráticos y una recuperación exasperadamente lenta. El causante de sus pesadillas fue un arácnido esquivo, pero dotado de un veneno necrótico capaz de diluir los tejidos humanos en cuestión de horas.
Para Carmen, el calvario comenzó el 3 de agosto de 2024. En aquel momento residía temporalmente en casa de su madre por reformas en su vivienda. Aunque ignora el momento exacto de la picadura, recuerda que la pierna le empezó a picar de forma súbita mientras conducía. «Al principio no le di importancia; solo vi que me había salido una pequeña espinilla», relata.
Sin embargo, lo que parecía una simple e inofensiva reacción dérmica empeoró a una velocidad alarmante. En pocas horas desarrolló una inflamación severa en la rodilla y una fiebre alta que no remitía. Ante la gravedad del cuadro, acudió a urgencias del hospital, donde quedó ingresada con antibioterapia por vía intravenosa.
«Cuando vi el agujero de casi cinco centímetros me quería morir; me faltó medio centímetro para que me tocara el hueso»
El verdadero alcance de la lesión afloró al día siguiente, cuando la derivaron a su centro de salud para las curas ambulantes: «Ahí fue cuando se dieron cuenta de la gravedad. Cuando vi el agujero de casi cinco centímetros me quería morir; me faltó medio centímetro para que me tocara el hueso».
El diagnóstico definitivo tardó en llegar. Fue un dermatólogo quien, tiempo después, le confirmó que la evolución de esa herida abierta —que requería cerrar «de dentro hacia fuera»— correspondía milimétricamente a la mordedura de una araña violinista. Carmen pasó tres semanas acudiendo diariamente a curas y un mes entero recluida en casa. «No me olvido de ese verano. Ahora, cada vez que me sale un grano, vuelvo a sentir miedo».

Apenas unos días después, durante la primera semana de agosto, Patricia, de 50 años, iniciaba su propio proceso febril y necrótico. Sospecha que el encuentro con el arácnido ocurrió en la terraza de su casa en Estepona, un espacio con abundante vegetación. Cree que pudo aplastar a la araña accidentalmente con el abdomen mientras dormía la siesta.
Sintomatología
Como en ese entonces compaginaba dos empleos, inicialmente no prestó atención a la molestia en la zona de la ingle. No obstante, a los tres o cuatro días, la piel se tornó de un rojo intenso, se endureció notablemente y comenzó un dolor de cabeza agudo acompañado de fiebres de hasta 40 grados. Asustada, acudió al ambulatorio de San Pedro, pero la revisión fue superficial. Debido a la rigidez del tejido, le prescribieron una crema y un antibiótico leve que no contuvo la infección.
«Pasaron dos o tres días y el antibiótico no mejoraba nada. Al contrario, fue a peor, la zona quemaba muchísimo. Al final fui al Hospital de Marbella y vieron que tenía una infección con pus e inicio de necrosis. Si no me llego a tomar el antibiótico tan potente que me mandaron allí, ni lo cuento».
La inflamación llegó a alcanzar el volumen de «un mollete de Antequera». Tras pautarle dosis de choque de antibióticos, la infección terminó por romper el tejido. «Se hizo un boquete que parecía una herida de bala. Se veía la carne de la barriga por dentro, estaba oscuro, necrosado. Las propias enfermeras se quedaban pasmadas», recuerda.
A pesar de la gravedad, el informe de urgencias reflejó una simple «picadura de insecto no venenoso». Esto obligó a Patricia a buscar respuestas por su cuenta en Internet hasta encajar su sintomatología con la de la araña violinista. Tras 25 días postrada en el sofá y un doloroso proceso de supuración, la herida cerró, dejando una secuela estética permanente. «Me ha quedado una cicatriz como si me hubieran dado un tiro; me voy a tatuar una araña encima», bromea hoy con resignación.
Los casos de Carmen y Patricia ponen de manifiesto la complejidad a la que se enfrentan los profesionales sanitarios ante el loxoscelismo en el sur de la península ibérica. Al no ser una especie agresiva —solo muerde cuando se siente atrapada o amenazada contra el cuerpo—, los pacientes rara vez logran ver o capturar al ejemplar para su identificación.
Además, la sintomatología inicial suele simular una infección bacteriana común, lo que retrasa la aplicación de tratamientos específicos. La rápida progresión hacia la necrosis cutánea y la posterior formación de una úlcera profunda exigen, como coinciden ambas afectadas, una intervención farmacológica agresiva y un prolongado seguimiento clínico para evitar daños mayores en el tejido subcutáneo.
Lo cierto es que en los últimos años han saltado a los medios noticias similares -aunque sin llegar a la amputación- que han sembrado la alarma en los lugares donde se han producido. En 2024, la revista de la Sociedad Española de Salud Ambiental sacó a la luz un caso en el que esta especie había atacado hasta en tres ocasiones a un hombre de 42 años en su casa en Vizcaya entre mayo y septiembre de 2023.
Llamamiento a la calma
Los expertos, no obstante, llaman a la calma. El catedrático de Zoología de la Universidad de Málaga (UMA), Raimundo Real, asegura que la picadura de la araña violinista «no es en absoluto común» en la geografía española, ya que no suele atacar a los humanos ni se alimenta de sangre, como ocurre con otros insectos. «Debió de sentirse amenazada», zanja.
El especialista reconoce que la violinista es una de las arañas «más venenosas» de la fauna mediterránea y que Málaga está «en su área de distribución», aunque su presencia en la provincia es poco común. «Normalmente se alimenta de insectos, a las personas no las ataca motu proprio; si lo hace es porque se ha sentido amenazada y lo hace como defensa», aclara el catedrático de Zoología.
En su opinión, no se puede hablar de «mordedura», ya que técnicamente no tiene mandíbula, ni tampoco es exactamente una picadura, aunque el término le parece más apropiado a las características del arácnido. El ataque se produce con unos «quelíceros, una especie de colmillos» con los que atraviesa el esqueleto externo de los insectos, en los que inyecta su veneno y que utiliza para chupar el contenido del interior de su presa.
Su veneno, detalla Real, es «proteolítico», lo que significa que «destruye las proteínas» y, por tanto, corroe la carne de toda la zona situada alrededor del punto donde clava sus quelíceros. «No es mortal, pero sí puede producir lesiones locales muy graves alrededor de la herida que deben ser atendidas urgentemente por un médico. Son potencialmente peligrosas», apostilla el catedrático.
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