- EL TESORO ESCONDIDO DE SAN ILDEFONSO: LA PRIMERA COPIA DE LA VIRGEN DE GUADALUPE QUE LLEGO A ESPAÑA- JAEN HOY
En la tarde del 12 de diciembre de 2025, la basílica menor de San Ildefonso, en Jaén, volvió a ser escenario de una celebración que, aunque reciente en el calendario parroquial, hunde sus raíces en los siglos. Fieles jiennenses y un nutrido grupo de americanos residentes en la ciudad se congregaron para honrar a Nuestra Señora de Guadalupe, emperatriz de las Américas. Lo que muchos de los asistentes quizá desconocen es que, a pocos metros de donde rezan, en la sacristía del templo, se conserva una de las joyas históricas más singulares de la diócesis: una reproducción de la Guadalupana que pudo ser la primera copia realizada a partir de la imagen original de Tepeyac.
Un lienzo con historia
Se trata de una pintura sobre tela, adherida a un tablero, que durante siglos pasó casi inadvertida para los feligreses. Situada en uno de los pilares del presbiterio, junto a la nave del Evangelio, la imagen permaneció largos años en semipenumbra, oscurecida por el paso del tiempo y los retoques piadosos que recibió en el siglo XX. Quienes la observaban con atención descubrían bajo el barniz y la purpurina los rasgos característicos de la Guadalupana: la Virgen morena, las manos juntas, el manto estrellado y los rayos que la envuelven. Hasta mediados del siglo pasado, el cuadro contaba incluso con un marco de plata, hoy desaparecido, y era objeto de devoción por parte de algunas mujeres que lo adornaban con manteles de encaje y flores artificiales, además de colgarle pequeños exvotos.
Pero lo que otorga a esta imagen un valor excepcional es la historia que la vincula a los primeros años de la evangelización en México y a un hijo ilustre de Jaén.
El misionero que trajo a Guadalupe a su tierra
Fray Juan Bautista Moya y Valenzuela, agustino nacido en Jaén en 1504, partió hacia Nueva España en 1536, tan solo cinco años después de las apariciones de la Virgen en el cerro del Tepeyac. Durante más de tres décadas, este religioso se entregó a la conversión de los indígenas, y su fama de santidad se extendió de tal modo que, al morir en 1567, su cuerpo fue hallado incorrupto años después, desprendiendo un suave olor.
Hijo de Jorge de Moya y Teresa de Valenzuela, desde niño mostró una facilidad innata para los idiomas, lo que llevó a sus padres a proporcionarle una esmerada educación. Ingresó en el Seminario del Convento de Salamanca, de la orden de San Agustín, donde tuvo la fortuna de formarse bajo la tutela de figuras como fray Tomás de Villanueva y fray Luis de Montoya. Allí no solo profundizó en Filosofía y Teología, sino que dominó el latín, el griego y el hebreo. Al llegar a México, su talento para las lenguas le permitió aprender náhuatl, otomí y purépecha, predicando directamente a los naturales sin necesidad de intérpretes.
Aunque su preparación y capacidad le habrían permitido ocupar cargos de relevancia dentro de la orden, fray Juan rehuía los honores y prefería las tareas más humildes. En más de una ocasión renunció a puestos como prior o abad para dedicarse a la evangelización en los lugares más apartados y necesitados. Su verdadera vocación era llegar a la llamada Tierra Caliente, una región difícil y cálida en la actual zona de Michoacán y Guerrero, donde fundó comunidades, construyó iglesias, hospitales y escuelas, y combatió las antiguas creencias sembrando la fe cristiana.
La tradición oral y los cronistas de su orden, como fray Matías de Escobar o fray Diego de Basalenque, recogieron numerosos milagros atribuidos a su intercesión. Se cuenta que en Tacámbaro plantó su báculo, que era una rama seca, y este echó raíces, floreció y dio frutos en pocos minutos. En Pungarabato, prometió que el pueblo jamás se inundaría, a pesar de estar rodeado por los ríos Balsas y Cutzamala, y allí dejó también su báculo como señal. Hechos similares se repitieron en Coyuca, Zirándaro o Ajuchitlán, ganándose por derecho propio el título de "Apóstol de la Tierra Caliente". Fray Juan Bautista Moya falleció en 1567 en Valladolid —actual ciudad de Morelia, Michoacán—, en el Virreinato de la Nueva España, a los 63 años, tras 45 de vida religiosa. Sus restos descansan en el convento agustino de esa ciudad, y su fama de santidad ha perdurado a lo largo de los siglos.
Fue precisamente este misionero, según recogen crónicas antiguas, quien quiso compartir con sus paisanos el prodigio de la tilma de Juan Diego, y envió a Jaén una copia de la imagen guadalupana. El destinatario fue la parroquia de San Ildefonso, donde el cuadro quedó depositado y comenzó su largo sueño. De ser cierta esta hipótesis, nos hallaríamos ante la reproducción más antigua conservada fuera de México, un verdadero puente devocional entre ambos lados del Atlántico.
La coincidencia de las fechas y el simbolismo del río escondido
Resulta llamativo que esta imagen llegara a Jaén cuando aún no había transcurrido un siglo del Descenso de la Virgen a la capital jiennense, ocurrido en 1430. Así, el templo de San Ildefonso custodia dos hitos marianos: el de la Patrona local y el de la Patrona de América, separados por cien años justos. Para algunos estudiosos, esta cercanía no es casual, sino un signo de la protección especial de María sobre esta tierra.
Incluso el nombre de Guadalupe, que algunos filólogos derivan del árabe "Wādi al-lub" (río escondido o río de lobos), parece adquirir un sentido profético en este contexto. La imagen jiennense, arrinconada y olvidada durante largas temporadas, ha sido como ese caudal oculto que fluye en silencio hasta que alguien redescubre su manantial.
El origen de la imagen original y las pesquisas del siglo XX
Para comprender la importancia de esta copia, hay que remontarse al origen de la propia Guadalupana. Los estudios históricos sitúan la autoría de la imagen original hacia 1556, en el taller de un pintor indígena formado por los franciscanos. Este artista, de nombre Marcos Cipac de Aquino, habría plasmado sobre la tilma de Juan Diego la imagen que hoy se venera en México. Si la copia de Jaén llegó a España en tiempos de Fray Juan de Moya, fallecido en 1567, estaríamos ante un traslado casi inmediato de la devoción, apenas una década después de que se pintara el original.
A mediados del siglo pasado, la existencia de esta copia despertó el interés de los estudiosos mexicanos. En 1953, don Manuel Garibi Tortolero, comendador de la Orden de San Gregorio Magno residente en Guadalajara (Jalisco), escribió al obispo de Jaén, Rafael García y García de Castro, solicitando una fotografía del lienzo. El prelado encargó al párroco de San Ildefonso, José Vera Mármol, que atendiera la petición. Así se hizo, y la imagen viajó en papel hasta México, donde fue publicada en un semanario parroquial.
Sin embargo, cuando desde el país americano se pidieron más datos que confirmaran la autoría del padre Moya, el párroco no pudo aportar documentos concluyentes. El ilustre sacerdote mexicano Lauro López Beltrán, que en 1970 planeaba desplazarse expresamente a Jaén para estudiar el cuadro, suspendió el viaje al no hallarse pruebas fehacientes. El misterio quedó en suspenso, y la investigación se enfrió.
Resurgir en el siglo XXI
Hoy, la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en San Ildefonso ha recuperado protagonismo. Restaurada y colocada en un lugar más digno, recibe cada 12 de diciembre el homenaje de los fieles, en una celebración que, como la de 2025, incluye el rezo del Rosario Guadalupano y una misa en la que se recuerda el mensaje de sencillez y cercanía de la Virgen morena.
Para la comunidad americana residente en Jaén, este templo se ha convertido en un rincón de su tierra. Para los jiennenses, es la oportunidad de valorar un patrimonio que habla de su historia y de los lazos que unieron a un misionero local con el Nuevo Mundo. La tilma de Juan Diego, reproducida fielmente en este lienzo, sigue siendo ese río escondido que, ahora sí, comienza a desbordarse en devoción y gratitud.



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