DIARIO DE ALMERÍA
"ES MUY DURO NO RECONOCER EL SITIO DONDE HAS PASADO TODAS SU VIDA": LOS VECINOS DE EL MARCHAL REGRESAN A SU CASAS TRAS EL INCENDIO DE ALMERÍA.
Los residentes de este municipio de apenas 400 habitantes regresan de forma progresiva a sus viviendas
El alivio por encontrar sus casas en pie contrasta con el impacto de contemplar un paisaje reducido a cenizas.
El incendio de Almería, en directo
La imagen que reciben al llegar resulta difícil de asimilar. La carretera dibuja una frontera casi perfecta entre el monte que ha sobrevivido y el que ha quedado reducido a cenizas. El negro domina el paisaje. Los troncos carbonizados sustituyen al matorral y el olor a humo sigue impregnando el ambiente mientras las mangueras serpentean por las laderas. Es un escenario completamente distinto al que los vecinos dejaron atrás hace apenas unos días y que ahora observan en silencio, todavía incapaces de hacerse una idea de la magnitud del incendio.
En una pedanía como El Marchal, donde apenas viven algo más de 400 personas, el monte forma parte de la vida cotidiana. Muchos de sus habitantes tienen pequeños huertos, animales o fincas heredadas de sus padres y abuelos. Por eso, aunque buena parte de las viviendas han logrado salvarse, la sensación que comparten quienes vuelven es la de haber perdido una parte de su historia.
"Era un paraje único"
La casa de Samuel es una de las primeras que aparecen al llegar desde Lubrín. Durante los días más complicados del incendio apenas pensó en otra cosa que no fueran los animales que tiene en su finca. Allí cría gallinas y conejos, mientras que a los perros consiguió sacarlos antes de que las llamas alcanzaran la zona. Su vivienda ha resistido, pero el paisaje que la rodea ha desaparecido. Al menos, tal y como lo conocía.
"Lo peor es ver cómo todo se ha quemado. Era un paraje único, con muchísima agua gracias a las balsas naturales. Ahora todo está negro. Han sido unos días muy difíciles", explica mientras observa la ladera calcinada que comienza apenas a unos metros de su casa. El carnicero de Garrucha reconoce que, una vez comprobado que la vivienda seguía en pie y que los animales habían sobrevivido, comenzó a ser consciente de la verdadera dimensión de lo ocurrido. "Es muy duro llegar y no reconocer el sitio donde has estado toda la vida", añade.
A pocos metros de allí continúan trabajando los efectivos de extinción. En pequeños grupos revisan el perímetro, remojan los puntos más calientes y controlan con prismáticos cualquier columna de humo. El incendio sigue vivo bajo la tierra en algunos lugares y nadie quiere dar un paso atrás después de varios días de intenso trabajo.
"Hemos sufrido mucho pensando que nuestros animales no estarían vivos"
Juan José y Lorenzo siguen con atención ese trabajo desde la puerta de su vivienda. Ambos comentan que todavía se distinguen pequeños focos humeantes y que, de tener permiso, ellos mismos cogerían una manguera para ayudar a sofocarlos. Sus casas no han sufrido daños, pero la preocupación continúa siendo evidente mientras observan el movimiento de los equipos desplegados por la zona.
Su hermano Daniel llega poco después. Apenas comienza a hablar se le quiebra la voz. La vivienda pertenece a sus padres y representa mucho más que una segunda residencia. Allí han pasado veranos, fines de semana y reuniones familiares durante toda la vida. Vive en Mojácar y ha trabajado como profesor hasta que se jubiló, pero ambos hermanos mantienen el huerto y cuidan los animales "como un hobby".
"Veíamos la columna de humo desde lejos, pero nunca pensamos que el incendio iba a llegar hasta aquí", recuerda todavía con incredulidad. Durante varios días solo pudieron esperar noticias sin saber si la casa seguiría en pie o si sus cuatro perros y las gallinas habrían conseguido sobrevivir. "Hemos sufrido mucho pensando que nuestros animales no estarían vivos", reconoce.
Las llamas arrasaron el huerto donde cultivaban verduras de temporada, pero se detuvieron justo antes de alcanzar la vivienda. Daniel cree que hubo un detalle decisivo. "Siempre hemos mantenido limpio aproximadamente un metro alrededor de la casa. Nunca pensamos que serviría de cortafuegos, pero al final ha sido lo que la ha salvado", explica mientras señala el perímetro de la finca.
La emoción termina imponiéndose cuando vuelve la vista hacia el monte. Le cuesta encontrar las palabras y durante unos segundos guarda silencio antes de continuar. "Es una pena terrible ver todo esto calcinado. Aquí hemos pasado toda nuestra vida. Esta casa era de nuestros padres y cada rincón está lleno de recuerdos", dice con lágrimas en los ojos.
El contraste entre la vivienda, prácticamente intacta, y las laderas completamente ennegrecidas resume el sentimiento que se repite entre muchos vecinos. El alivio por haber conservado la casa convive con la tristeza de contemplar un paisaje que tardará años en recuperarse.
"He hablado con los más mayores y están destrozados"
Francisco lleva toda la mañana recorriendo su finca. Trabaja en el huerto sin cesar para salvar algunos tomates y pimientos, comprueba los daños y señala el camino que siguieron las llamas hasta detenerse a escasos metros de la vivienda. Constructor de profesión, hace apenas tres meses terminó un rebaje del terreno y levantó un muro de contención para proteger la parcela. Aquella obra, asegura ahora, fue decisiva para evitar que el incendio terminara llevándose también su casa.
Más allá de los daños materiales, Francisco menciona el estado de ánimo de sus vecinos. Especialmente, de quienes llevan toda una vida viviendo en El Marchal y han tenido que abandonar precipitadamente sus casas. "He hablado con la gente más mayor del pueblo y están destrozados", explica. "Muchos fueron evacuados primero a Lubrín y después los trasladaron a un hotel. Lo están pasando muy mal, porque han visto desaparecer el paisaje que conocían desde niños".
"Antes, el ganado mantenía el monte limpio"
La conversación deriva, inevitablemente, hacia el estado del monte antes del incendio. Francisco sostiene que la acumulación de matorral y la falta de aprovechamiento tradicional del campo han favorecido la rápida propagación de las llamas. Recuerda que este año las abundantes lluvias hicieron crecer la vegetación como hacía tiempo que no ocurría y que, una vez llegó el calor, el monte acumulaba una enorme cantidad de combustible.
"Antes había cabras por todas partes y el ganado mantenía limpio el monte. Ahora cada vez hay menos y muchas veces no se permite hacer determinados trabajos de limpieza. La gente que vive del campo sabe cómo cuidarlo porque lleva haciéndolo toda la vida", asegura. En su opinión, recuperar parte de esas labores ayudaría a reducir el riesgo de incendios de esta magnitud.
Aun así, evita caer en el pesimismo absoluto cuando habla del futuro. Explica que el monte bajo comenzará a recuperarse relativamente pronto si las lluvias acompañan durante el otoño, aunque advierte que los árboles tardarán muchos años en volver a ofrecer la imagen que tenían antes del incendio. "La vegetación volverá a salir, pero los olivos grandes, los almendros y muchos árboles se han perdido. Eso no se recupera en dos días", lamenta.
Volver a empezar
A medida que avanza la mañana siguen llegando vecinos poco a poco. Algunos recorren sus parcelas buscando a los animales. Otros inspeccionan tejados, alambradas y sistemas de riego para comprobar qué ha resistido al fuego. También hay quien simplemente permanece inmóvil durante unos minutos, observando en silencio las laderas ennegrecidas antes de entrar en casa. Nadie oculta el alivio de encontrar la vivienda en pie, pero tampoco el impacto de descubrir que el entorno en el que han vivido durante décadas ha desaparecido en apenas unas horas.





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