GRANADA HOY
-SIMBOSIS NAZARENA EN EL BARRIO REALEJO-
Hay quien dice que la suerte “influye” en la Semana Santa. También hay quien con meses de antelación busca en las cabañuelas la certeza meteorológica que, ni alzando la mirada al cielo el mismo día, se puede obtener. Sea como fuere, las cofradías se enfrentan cada Semana Mayor a lo que el ‘cielo’ les depara. Lluvias de pétalos que, en algunas ocasiones, se convierten en chaparrones primaverales. Pensar en esto es recordar una jornada en específico: el Martes Santo. La climatología y la pandemia arrebataron a los granadinos el día cinco veces en los últimos seis años.
Así, desde bien temprano, se sucederían las caras de emoción en cientos de hogares granadinos. Rostros que, al asomarse por la ventana, contemplaron el mejor de los regalos. Un día de brillo impoluto que despejaba cualquier ápice de duda. La alegría del reencuentro, la vuelta a lo que nunca debió faltar. El cielo le regaló a Granada un nuevo Martes Santo.
Aún resonando el eco de los aplausos en la Iglesia Parroquial del Corpus Christi, los zaidineros regresaban a las calles del barrio. Esta vez apostados ante unos los ‘pórticos de la gloria’. Aquellos que, sufragados con el implacable esfuerzo de los hermanos de la corporación, desvanecieron el montaje de los efímeros ‘tinglaos’ de la capital.
Tres golpes en el llamador y silencio. Sepulcral, sin un suspiro. Tan sólo la voz del capataz y ellos, la cuadrilla del Nuestro Señor Jesucristo en su Sagrada Lanzada. “Va por aquel que, sin pedir nada a cambio, siempre nos regaló una sonrisa”, alentaba entre lágrimas a los hermanos. Una levantá que, en recuerdo al capataz Francisco de Paula Carrasco, era propia en la historia personal de cada uno de los presentes. Así, y con la certeza de que viven el Martes santo desde un “balcón del cielo”, el crucificado se alzó en el presbiterio de la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de los Dolores. En el corazón del Zaidín, y de cada uno de los presentes. Una vez más, las crónicas vividas fundamentaron uno de los pilares más férreos de la Semana Santa: el de los recuerdos. Aquellos que, lejos de ser olvidados, se reviven como propios en cada Estación de Penitencia.
Los primeros compases de la Banda de Cornetas y Tambores de Jesús Despojado de sus Vestiduras rindieron homenaje a la marcha procesional Amarguras en una adaptación. La cofradía, siendo germen de la devoción zaidinera, brinda a sus cofrades el ‘prólogo’ de un anhelado Martes Santo ante los pórticos. Sin atravesar su umbral, la tradición secular de estas jornadas impregnó las naves del desbordado templo.
La misma sinfonía sería interpretada por la Asociación Músico-Cultural de San Sebastián de Padul a las plantas de María Santísima de la Caridad. Vislumbrando los primeros rayos de sol, la bambalina delantera resplandecía con un especial fulgor. Su trazado, concebido por Álvaro Abril, se estrenaba bordado en oro fino por Alejandro López, integrando la composición textil detalles de Orfebrería San Juan (Sevilla). Sobre hornacinas de profusa ornamentación se enmarcaban las imágenes devocionales de San Juan de Dios, Copatrón de la ciudad, y el Beato Fray Leopoldo de Alpandeire. Así, la corporación zaidinera exalta la virtud cristiana de la ‘caridad’, evocando a la advocación mariana a la que rinden culto.
Una mar de capas blancas y verdes antifaces irrumpió en el bajo Albaicín. Entre ellos se alzaba una Cruz de Guía que, cincelada en plata, proclamaba su llegada. La de una dolorosa cuyo nombre resuena en toda Andalucía, la del color verde y mirada serena. Esa que, ante la magistral gubia de José Risueño, quedara impregnada de unción divina. Tras más de tres siglos, sigue amparando la plegaria de muchos granadinos.
La Sagrada Imagen abandona el popular retablo en el que es venerada cada día por decenas de granadinos para alzarse sobre un ‘efímero altar’ que conquista cada año las calles de la capital. “Esta levantá va por todos los que sufren, por los costaleros de la vida”, imploró el capataz Luis García ante el respiradero, alentando a los cofrades verdes a vivir la jornada con la mayor devoción. Así, al sonido del llamador, una treintena de almas alzaron el portentoso conjunto en la Iglesia Parroquial de San Gil y Santa Ana, revelando el rostro de Nuestra Señora de la Esperanza Coronada.
Manos y rodillas extendidas en el suelo, la flequería de caireles parecía danzar en el dintel del templo. Un edificio que, aún siendo completo, solo alcanza la perfección en este instante, en una de las salidas más bellas de la Semana Santa granadina. Uniéndose a las ovaciones y vítores de los granadinos, la sevilla Banda de Música de Santa María del Alcor interpretó La Niña de Santa Ana. Una sinfonía con simbología especial, al extenderse a las plantas de la Sagrada Imagen ‘allium napolitanum’, flores que brotaron a las puertas del propio templo. Una obra monumental que, en todo su esplendor, nace a las orillas del Darro.
No menos portentosa, la silueta de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder se reflejaba sobre los muros. Unos balcones que, colmados de granadinos, vivían por primera vez el inédito discurrir. Así, a los sones de la Banda de Cornetas y Tambores de Jesús del Gran Poder, el nazareno de Santa Ana se adentró en el barrio del Realejo. Lirios morados desbordaban un calvario que a falta de cirineo, ofrecía a los fieles acompañar a Jesús. Detrás de la Sagrada Imagen, justo donde la cruz arbórea rozaba el suelo de la ciudad, germinaban rosas de inigualable belleza. Las manos se posaban sobre el madero suspirando el sufrimiento de una pasión que, a su paso, parecía caminar hacia el Gólgota. Aquel monte que en Granada, coronado por la fortaleza nazarí, parece irradiar cada primavera nuevas formas en su expresión.
Reflejado en los cristales de sus faroles el incomparable portada del templo dominico. Bajo sus tres arcadas renacentistas se vislumbraba un nuevo comienzo. El de la Hermandad de la Cañilla, a la que la providencia decidió sonreír al coincidir su primera Estación de Penitencia con la actual. La misma jornada del mes de marzo, con cien años de diferencia. Una efeméride celebrada con ímpetu en la corporación y evidenciada en un cortejo procesional de magistral categoría. Los propios cirios parecían exhalar la veteranía que, cultivada desde la infancia, arraiga en los más pequeños el fruto del fervor cofrade. Así, tras cada capillo se esconden almas que apostaron por el futuro de las cofradías. Los presentes y también los ausentes que, a buen seguro, contemplaron al Señor de la Humildad procesionar en las inmediaciones del primitivo Convento de Belén.
A los sones de la Agrupación Musical del Dulce Nombre de Jesús, la efigie se alzaba frente a los radiantes haces de luz con un brillo singular. Aglutinados en el excelso nimbo que lucía sobre sus sienes, los astros parecía entrelazarse por las ramas de la corona de espinas. Burlas y lamentos que en su mirada se desvanecieron.
En la calle Solares, inédita en los itinerarios de la capital, el viento quiso ser cofrade. Fundirse al suspiro de querubín que consuela el llanto de la Soledad de Nuestra Señora. Posa sus manos sobre un sudario que, extendido en un calvario de claveles, se alza sobre los maderos de la cruz. El duelo era revivido por la Asociación Musical de San Isidro de Armilla, pregonando aquello que todavía resta por vivir. El último suspiro que brotará el Viernes Santo de los labios del pétreo Señor de los Favores.
El vaivén de los cirios, escondidos en faroles de orfebrería, parecía unirse a la oración de sus hermanos costaleros. Una cuadrilla escondida bajo celosías de caoba y plata que, a las órdenes del veterano capataz Alberto Ortega, imploraba que la oscuridad no cegara el camino. La senda que, elevada con la cera ‘al cuadril’, volvería a marcar el rumbo de la dolorosa hasta el templo dominico.
Ciñéndose la madrugada sobre el Darro, la cruz de taracea de Jesús de la Amargura se fundía en la oscuridad de las orillas. Antecedido por el Trío de Cañas ‘Aglae’, la soberana efigie de José de Mora recordó a los granadinos el culmen de la tradición. Aquel que, naciendo a las plantas del Cerro del Aceituno, lo ascendía cada amanecer. Quizás en busca de una luz que el alba revelaba sobre Granada. Su Vega y Sierra Nevada unidas en las manos de un nazareno de inigualable belleza.
Los tapices del primer templo cristiano de la capital se descubren en los rincones del bajo Albaicín. Enclaves que, erigiéndose como espontáneos altares, albergan el más profundo sentido de la jornada. Aquel que encierra una simbología fraguada en siglos de historia, proclamándola como ‘Decana’.
Austeridad y recogimiento al paso de Nuestra Señora de los Reyes que, al compás de la Banda y Unidad de Música Los Ángeles, regresa al bajo Albaicín. Entre la forja de los balcones se funden las letanías selladas en inscripciones de los Reyes Católicos, evocando los lazos compartidos con una historia pasada. Tambor, respeto y un silencio.







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