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GRANADA HOY / EL SINIESTRO BUCLE DEL FUEGO/

Tras este infernal agosto, es momento de cambiar el modelo de gestión de nuestros bosques

¿Solo dentro de otros 3.000 años?

Menos da una piedra

Incendio avanzando hacia el Valle del Jerte (Cáceres)
Incendio avanzando hacia el Valle del Jerte (Cáceres) / CA

Ya nos referimos en otro artículo de Ciencia Abierta al fenómeno recurrente de los incendios veraniegos, pero la gravedad de los acaecidos este verano exige una nueva reflexión sobre esta catástrofe que nos asola. Asistimos desde hace escasos años a una sucesión de amenazas a la salud humana y del planeta con escasos precedentes en nuestra historia reciente, especialmente por su concentración temporal: Covid 19, Dana, incendios del verano del 2025. Podríamos hallar factores comunes en todos ellos a pesar de su aparente diferencia en causas y efectos, que podríamos concretar en su prevención y gravedad. En el primer caso, el Covid hizo aflorar las carencias de nuestro servicio de salud universal en cuanto a la escasez de medios humanos y materiales para hacerle frente, así como la improvisación en cuanto a las medidas más eficaces para atajarla. En el segundo caso fallaron las alertas y las infraestructuras. Y en el tercero la acumulación de factores sociales y medidas ambientales erróneas durante décadas. La gravedad de los mismos estuvo presente en la velocidad de transmisión para el primero, la intensidad de las precipitaciones en el segundo y la virulencia de los fuegos en el tercero.

Todos los problemas ambientales poseen un carácter multicausal y, por tanto, su solución es compleja y debe actuar sobre todas esas causas. Seguramente este verano va a superar al de 1994, que fue el año con un mayor número de hectáreas quemadas desde que se tienen registros en España. Sin duda la climatología a la que nos referíamos nos ha jugado una mala pasada, primavera lluviosa con la consiguiente proliferación de pastos, y a partir de junio temperaturas por encima de la media acompañadas de muy escasas precipitaciones y una ola de calor muy prolongada en el mes de agosto, algo bastante inusual en la mitad norte de España, en nuestro caso la más castigada.

Pero es evidente que los fuegos no surgen espontáneamente salvo excepciones, como son los provocados por los rayos en las llamadas tormentas secas. El factor humano está presente en el resto de los casos, sea por descuido (arrojar una colilla, hacer una barbacoa, quemar restos vegetales…) o de forma intencionada con diversos propósitos (conflictos por lindes, apertura de nuevos pastos, favorecer la caza, venganza y, quizás, motivaciones políticas). A partir de ahí la evolución de esos fuegos es lo que ha dado lugar a la tragedia a la que estamos asistiendo, “incendios de sexta generación”, caracterizados por una rápida propagación favorecida por la climatología y el exceso de combustible, y cuya extinción resulta extremadamente compleja.

Si atendemos a este último nos enfrentamos a unas condiciones socio-ambientales que han favorecido el mismo. En la segunda mitad del siglo XIX se introdujo el eucalipto en Galicia para utilizarse como materia prima en la fabricación de la pasta de papel y de aglomerados; por otro lado, tras la Guerra Civil se llevaron a cabo extensas repoblaciones de pino en España con el objetivo de extraer madera y recuperar suelos degradados, dado que, al contrario que ocurre hoy día, muchos de nuestros campos estaban desforestados debido a la obtención de carbón vegetal, la construcción o como fuente de energía. Las consecuencias fueron muy diversas, en el caso del eucalipto se sustituyó la foresta autóctona por un árbol con incidencia grave sobre los ecosistemas, tanto por sus necesidades hídricas como por la acidificación del suelo. Los pinos, en cambio, mejoraron algunos ecosistemas ya degradados, siempre y cuando no se hiciera a costa de la vegetación mediterránea original. No obstante, el fin para el que fueron plantados no se ha visto cumplido en su mayoría, encontrándonos con bosques monoespecíficos muy densos, altamente inflamables y de difícil regeneración, algo que sí ocurre, al menos parcialmente, con encinas, robles o alcornoques.

A ello sumamos el fenómeno de la España vaciada que ha impedido un uso agro-ganadero que limitara el alcance de esos fuegos, favorecido por unas políticas a nivel europeo y español que acosa a la población rural con burocracia y elevados costes, lo que convierte a los trabajadores de estos sectores en neo-quijotes. Igualmente, el haber profesionalizado el sector de la extinción de incendios, aun siendo positivo por la disposición de medios y personal, ha ignorado la participación de los ayuntamientos y de sus pobladores en esas labores y en su prevención, los mejores conocedores de su tierra.

No podemos olvidar las consecuencias ambientales y sociales de los incendios que dejan sin vida y sin futuro a las poblaciones y territorios afectados. ¿Cómo se sentirán los que han cambiado su entorno por un paisaje tan negro como su futuro? ¿Cómo podemos fijar la población si solo se le ofrecen incertidumbres? Es el tiempo de cambiar un modelo de gestión forestal fracasado y de denominar terrorista al autor intencionado de estas muertes humanas, materiales y naturales, tipificándolo en el código penal.

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