LA VOZ DE LA SALUD / Cada vez más personas tienen alergia, ¿por qué crecen los casos?

Los expertos destacan que aumentan las reacciones exageradas a medicamentos como el ibuprofeno o paracetamol
En España, una de cada cuatro personas, o lo que es lo mismo, el 25 % de la población, tiene algún tipo de alergia, según datos de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (Seaic). Una cifra que, a nivel global, está creciendo. Cada vez existen más alergias al polen, cutáneas o alimentos. «Antes se decía que eran algo típico de los países occidentales, sin embargo, ahora también vemos que, a medida que los países del este adquieren nuestros hábitos, el nivel de alergias se iguala», precisa la doctora Beatriz Veleiro, alergóloga del Complexo Hospitalario Universitario de A Coruña (Chuac). El cómo se ha llegado hasta aquí y cómo todo esto puede ir a peor todavía es objeto de estudio. Por el momento, hay varias posibilidades puestas encima de la mesa.
Por definición, la alergia es una reacción exagerada del sistema inmunitario del organismo contra sustancias externas que penetran en el cuerpo que, en su labor de neutralizarlas, genera un perjuicio para sí mismo. De ahí, los síntomas. Para que aparezca, «primero tiene que haber un contacto directo con el alimento, el medicamento o con el aeroalérgeno, y que el sistema inmunitario se derive hacia la alergia», precisa la especialista del hospital coruñés, que añade: «Es en esa segunda, tercera o cuarta exposición cuando se produce una reacción exagerada y la célula principal, que es el mastocito o basófilo, libera mediadores que desencadenan una cascada inmunológica», detalla.
Para entender la alergia, resulta importante saber que el sistema inmunitario no solo reacciona ante patógenos, «sino que también se activa cuando se produce algún daño en nuestro organismo», precisa Narcisa Martínez, catedrática de la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Inmunología por el Ministerio de Sanidad. Esto significa que, una persona que tenga factores genéticos a la hora de tener una alergia, «cuando se produzca daño en los tejidos, tendrá mayor probabilidad de desarrollarla», añade.
Esta respuesta de las defensas depende tanto de la genética como del ambiente: «Es más fácil que una persona que tiene un progenitor alérgico lo sea también. Se heredan, generalmente , polimorfismos genéticos», comenta la doctora.
En concreto, se conocen variaciones en los genes que controles la respuesta inmunitario tipo 2, «la cual está especializada en la defensa frente a infecciones como gusanos (helmintos), otros parásitos y toxinas, y son muy relevantes para la reparación de tejidos dañados», expone Martínez.
Los posibles responsables
Ahora bien, como la genética no puede haber cambiado en cuestión de veinte o treinta años —el marca temporal en el que se observa esta explosión de casos—, todo apunta a que las razones que justifican el incremento son ambientales. Así, se barajan distintos culpables: el papel del estilo de vida, el cambio climático y la contaminación, las infecciones y la globalización.
En el primero de los factores, se sitúa la teoría de la higiene, que sostiene que la exposición temprana a microorganismos y parásitos, especialmente en la infancia, ayuda a entrenar el sistema inmunitario y reduce el riesgo de alergias. «Disminuir el contacto con la biodiversidad de microorganismos a edades tempranas, especialmente antes del año de vida, hará que el sistema inmunológico se dirija hacia la respuesta T2, que es luchar frente a lo que debería ser inocuo», explica la alergóloga. De alguna forma, las defensas están menos y peor preparadas.
A esta situación se llega por distintas vías. Por un lado, está que, en los últimos años, el entorno urbano predomina sobre el entorno rural, lo que no solo reduce la exposición a patógenos que se encuentran en mayor medida en el campo, sino que también disminuye el contacto con las mascotas. «Los animales estimulan el sistema inmunológico», apunta la especialista.
Martínez llama a tomar esta hipótesis con cautela, «ya los microorganismos con gran capacidad patogénica no serían beneficiosos para el correcto desarrollo del sistema inmunitario», comenta. Los que sí podrían tener un efecto beneficioso sería los no patogénicos o los que no generan un gran daño. Es más: «En este sentido la infección con virus del “catarro común” como rinovirus o virus respiratorio sincitial en edad temprana en la infancia se ha asociado a un mayor riesgo de desarrollar asma, especialmente cuando producen sibilancias», señala.
Además, la peor calidad de la alimentación, donde hay una mayor presencia de ultraprocesados y productos ricos en azúcares y grasas saturadas, con un menor aporte de antioxidantes y fibra, también importa. «Esta comida es proinflamatoria y puede provocar, a su vez, una alteración de la microbiota intestinal, que también puede ser más proinflamatoria del organismo en general y proalergénica», precisa la especialista del Chuac. Según la catedrática de la universidad madrileña, «una alimentación sana contribuirá a reducir el riesgo de enfermedades alérgicas».
Se suma que hayan aumentado los partos por cesárea, «que provoca que no haya ese contacto inicial con el canal del parto, lo cual es un factor protector»; la disminución de la lactancia materna; el uso de productos desinfectantes en casa, así como la tendencia, cada vez mayor, a pasar más tiempo en interiores. «Por eso, volver a nuestros orígenes, a la vida más natural, salir al campo aunque haya polen, eso es bueno», precisa la alergóloga.
En general, la vida sedentaria puede ser un factor de riesgo a la hora de tener algún tipo de alergia, ya que el ejercicio estimula «el buen funcionamiento del sistema inmunitario a través de diversos mecanismos, por ejemplo, con una bajada de cortisol, la hormona del estrés», recuerda Martínez quien, por otra parte, apunta que es posible que los individuos alérgicos sufran reacciones, como urticarias, después efectuar ejercicio o de un baño caliente, entre otras situaciones. Por eso, es recomendable que consulten con su especialista antes de la planificación de actividad física.
La contaminación es otro de los factores de sobra conocidos. «Las partículas de diésel que están en el ambiente, sobre todo urbanos, las partículas volátiles de un peso molecular bajo como humos, o de las industrias, aumenta la alergenicidad y facial la disrupción de la barrera protectora que hay tanto en la vía área como en la piel», detalla Veleiro, que recuerda que el aumento de las alergias también se ve favorecido por el cambio climático. Este fenómeno puede hacer que se concentren más alérgenos y que, por ejemplo, aparezcan pólenes donde antes no eran habituales. «Antes, en Galicia, la alergia al polen se llevaba muy bien. Ahora, como las primaveras son más soleadas, hay muchísimos más alérgicos al polen y los síntomas son más intensos», ejemplifica la especialista.
Precisamente, la contaminación no es el único compuesto químico al que uno se expone, también se encuentran ciertos conservantes alimentarios y químicos presentes en cosméticos. «En muchos casos estos compuestos dañan las barreras epiteliales y esto activa la mencionada respuesta inmunitaria tipo 2, que en individuos genéticamente susceptibles serán exacerbadas», explica la experta en inmunología. De esta forma, se incrementa la permeabilidad intestinal que contribuye a una inflamación y esta, a su vez, al desarrollo de alergia.
Como consecuencia, todas estas variables pueden dañar las distintas barreras protectoras del organismo, «como la de la mucosa de la vía respiratoria o la de la piel», y este perjuicio podría favorecer que «los alérgenos penetrasen más», resume la experta. Una pescadilla que se muerde la cola y cuyas consecuencias se evidencian en el aumento de casos.
El mayor repunte se observa en las alergias alimentarias, aunque también crecen las respiratorias o las reacciones alérgicas a los medicamentos. «La gente vive más tiempo y el uso de fármacos se ha ampliado muchísimo», comenta la alergóloga. Esto aumenta el riesgo de que alguien, que tenga una predisposición genética, se convierta en alérgico. De hecho, «cada vez vemos más alergias al ibuprofeno y al paracetamol, también a las penicilinas, sobre todo a la amoxicilina, y también a los quimioterápicos, de tanto usarlos», dice la médica del Chuac.
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